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Los que se dejan llevar por el Espíritu se hacen como niños que encuentran su alegría en permanecer junto a Dios para hacerse amigos de Dios. Los amigos dedican tiempo a compartir su vida, sus alegrías y tristezas, su amor mutuo.

Los mayores tienen muchas tareas que realizar, no tienen tiempo para los amigos, para Dios.

El Espíritu nos educa en la práctica calasancia de saberse mantener como un niño ante Dios, desconfiando de nosotros mismo e invocando siempre la ayuda de Dios.

Dedicamos un poco de tiempo para Dios, pedimos a su Espíritu que nos guíe e inspire en la amistad con Jesús.

Ven, Espíritu Santo

Llena los corazones de tus fieles

y enciende en ellos el fuego de tu amor.

ENVÍA TU ESPÍRITU Señor

y llenarás la faz de la tierra.

En las visitas de Calasanz a los barrios de Roma, conoció no sólo la pobreza material, sino también la miseria moral y religiosa de niños sin educación. Eran demasiado pobres para pagar los maestros de las escuelas de barrio. Se necesitan escuelas gratuitas. Calasanz pidió ayuda a los maestros asalariados, a los Senadores de Roma, a los Jesuitas del Colegio Romano y a los dominicos de la Minerva. Todos se negaron a dar respuesta a la necesidad.

El 9 de abril de 1597, Calasanz conoció en el Trastévere a D. Antonio Brandini, párroco de Santa Dorotea, quien había abierto una escuelita donde se enseñaba a los niños a leer, escribir y el catecismo. Algunos miembros de la cofradía de la Doctrina Cristiana, en la que Calasanz se inscribió en 1598, colaboraban en la tarea. Calasanz frecuentaba la escuelita y concibe la esperanza de transformarla en escuela gratuita sólo para niños pobres y abierta a todos. Pronto se difundió la noticia y la escuelita necesitó ampliar sus locales. Con la muerte del párroco en 1600, Calasanz la trasladó al interior de la ciudad, en una peregrinación con varias residencias hasta llegar a su residencia definitiva en la casa de San Pantaleón.

“He encontrado ya en Roma la manera definitiva de servir a Dios, haciendo el bien a los pequeñuelos. No los dejaré por cosa alguna del mundo”.

Con estas palabras, Calasanz rechazaba en 1600 nuevas propuestas de canonjías en España. Calasanz acabó diciendo SÍ a Dios en los niños, renunciando a otros planes tan deseados en el pasado. En su SÍ a Dios, no sólo intervino el encuentro con los pobres, sino que también le fue de gran ayuda la entrega a una intensa vida de oración de la mano de los carmelitas reformados de la iglesia de la Scala; el encuentro con la pobreza franciscana y las peregrinaciones a Asís, Loreto y La Verna.

En los niños, Calasanz vio la presencia de Dios. En un camino de pérdidas y fracasos, aquellos niños surgieron como una puerta abierta del Reino de Dios, que pedía abajarse en su pequeñez para abandonarse confiadamente en los brazos del Padre.

Con los niños, Calasanz sintió que Jesús le amaba, se había fijado en Él, y recogiéndose en ese amor, alcanzó su plenitud, hasta derramarse en el servicio y la entrega a los pequeños. Entonces, decidió darse de todo corazón a Dios.

En los Evangelios, cuando Jesús establece esa relación de amor, seria y profunda, con las personas, se utiliza el término “seguir”. El seguimiento es expresión de lo que ocurre en el corazón de la persona.

Seguir a Jesús no se reduce a imitar o copiar esforzadamente el modo de proceder de Jesús. Porque quien sigue al Señor ha entablado una relación nueva, basada en la confianza. Seguir a Jesús quiere decir “ir con Él”, “apoyarse en Él”, “estar junto a Él” … para vivir como Él.

También hoy Jesús quiere encontrarse con cada uno de nosotros. El niño es un sacramento que nos abre las ventanas del alma a una peculiar relación con Jesús. Cada niño, en sus gestos y miradas, trasmite una inocencia y confianza capaz de trasformar nuestra autosuficiencia en humildad, nuestro egoísmo en caridad, nuestra tristeza en alegría. Quien dedica tiempo a compartir vida con los niños se contagia de sus actitudes que preparan para el encuentro con Dios: la sencillez y trasparencia en la expresión de los propios deseos; sinceridad y recta intención en el deseo de ver a Dios; simplicidad en su apertura a la Palabra y presencia de Dios; abandono en el Padre bueno siempre dispuesto a ofrecer su amor misericordioso.

Cuando nos hacemos niños con los niños, los acompañamos ante una imagen sagrada en casa o en la iglesia, cuando guardamos silencio, e invocamos con mucha simplicidad y amor el nombre de Jesús, entonces nuestros corazones se llenan de la presencia de Dios. Él nos llena de su amor y nuestra relación con Él es viva, auténtica.

Ahora, cada uno puede atender al niño que lleva dentro que en su infancia aprendió a confiar, mirar, sentir y agradecer con inocencia, amor y paz. Nos dejamos llevar por él. Guardamos silencio. Atendemos a nuestra respiración en su cadencia suave, pausada.

Invocamos a Jesús, y unidos a Él, nos vivimos niños, pequeños, como niños le agradecemos nuestros sentimientos más bellos: Gracias por la alegría que aprendí de mi padre, o la confianza de mi madre, o la bondad de mi abuelo…

Y sencillamente le decimos Gracias Padre… con corazón de niño me dejo en tus manos, me abandono a ti… Dejo mi vida en tus manos…