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Cuando una persona se deja llevar por el Espíritu de Dios y acoge la mirada de Dios, antes o después fijará su atención en los débiles, los pobres, los necesitados.

Deseamos recuperar esa mirada de Jesús tan limpia, tan libre, capaz de detenerse ante cada persona, contemplando la belleza de su dignidad, y escuchar de sus labios: Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.

Nos abrimos a la presencia del Espíritu:

Ven Espíritu Divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre,

Don, en tus dones espléndido.

Luz que penetra las almas,

fuente del mayor consuelo.

En febrero de 1592, José de Calasanz llegó a Roma. Se hospedó en el palacio del Cardenal Colonna. Realizó un largo viaje con la intención de obtener algún beneficio eclesiástico. Se sucedieron diversas ofertas, pero no logró satisfacer sus deseos.

Al mismo tiempo, se entregó a otras ocupaciones que le fueron abriendo los ojos a otras realidades bien diferentes de sus ansiadas prebendas. Se inscribe en diversas cofradías: unas le ponen en contacto con la miseria de los pobres de Roma, en contraste con la suntuosidad del palacio Colonna. Otras, le acercan a vivencias espirituales: en la cofradía de los Santos Apóstoles el contacto con los pobres le aproxima a la pobreza de espíritu del poverello de Asís; el Oratorio de Santa Teresa le educó en la oración del corazón y en las dinámicas del discernimiento bajo la guía del Espíritu.

Estas experiencias dejaron tal huella en su corazón que provocaron un cambio radical en su vida, del que el sacerdote Francisco Motes dio este hermoso testimonio: “Determinó abandonar sus pretensiones y darse de todo corazón a Dios”.

En Roma, Calasanz no quedó prendado por la belleza y fastuosidad de la ciudad eterna sino por la miseria , pobreza e ignorancia de sus gentes.

En noviembre de 1592, escribe al Rector de Peralta: “Desde que murió Sixto V es la ciudad mas cara que hay en Italia y padece mucho la gente común”

Con estas palabras, Calasanz expresa su gran sensibilidad por las gentes que le rodean. Compartía de corazón las necesidades de la gente sencilla. Y ahí, Dios le salió al encuentro. Sus pretensiones de éxito y triunfo se truncaron en fracaso y debilidad. La mirada de Dios en la limitación purificó sus intereses para verle en los pobres y en los que no cuentan, pero que son tan esenciales para dilatar un corazón en amor y generosidad. Peralta era ya pasado. Roma presagiaba un nuevo amanecer.

Porque cuando la realidad toca el corazón, se percibe la propia verdad en su dramatismo, se abre el alma a nuevos horizontes, se comprende que Dios prefiere la fidelidad en lo poco a las grandes organizaciones, el trabajo comprometido en abrir caminos al Reino, antes que una fe ahogada en el conformismo, el suave tintineo de aquellas monedas de la pobre viuda que el estridente ruido de las grandes fortunas.

Si Calasanz encontró a Dios en la realidad, algo semejante nos ocurre a nosotros. Dios no se esconde en un cielo lejano ajeno nuestras cosas. Dios habla en la densidad de los acontecimientos prósperos o adversos.

Vivimos tiempos especialmente difíciles. Hoy, también padece la gente común. La actual pandemia daña, hiere y mata a muchos inocentes. Falta el trabajo y en muchas familias se siente el hambre. En el rostro de muchos de nuestros niños y jóvenes se insinúan el miedo y la tristeza. En muchas familias crece el desánimo. Muchos ancianos y enfermos padecen la angustia y la soledad del confinamiento. Los “esenciales” de nuestra sociedad, que se dejan tocar por la realidad, en sus miradas, palabras y encuentros ofrecen luz, consuelo, alegría y esperanza, en los hospitales, en las escuelas, en las familias.

Ahora, cada uno de nosotros, puede recogerse en su interior, guardar silencio, dejarse tocar por la realidad, por las gentes que padecen. Olvidarse un poco de sí mismo. Recordar a los que más padecen: sus nombres, sus familias, sus angustias…

Puedo Sentir y Agradecer la mirada de Jesús sobre ellos, presentarle sus temores e inquietudes. Atiendo a mi respiración, pausada, prolongada…

Le llamo a Jesús, le invoco: Jesús… Jesús… Jesús, envíame tu Espíritu… ven, Espíritu divino… Ven, Padre de los pobres… Ven, sana el corazón enfermo…, Jesús quiero llevar tu Buena Noticia… Jesús quiero llevar tu alegría… tu consuelo… tu esperanza.

Y dejamos el canto nos toque el corazón…