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En sus escritos, san José de Calasanz trasparenta su alma, sus inquietudes y preocupaciones. En su epistolario, se desgrana su vida de cada día, en la atención amorosa a las diversas situaciones que acompaña en los sacerdotes escolapios y con otras personas afines a las Escuelas Pías. En sus memoriales, recoge sus más acertadas argumentaciones para defender el derecho de las Escuelas Pías a ejercer su misión a favor de los niños más desfavorecidos del pueblo. En sus Constituciones, describe con la sabiduría de los profetas, la gracia que ha recibido del cielo y el camino a recorrer por los llamados a recibir su mismo carisma.

Hoy, centramos nuestra atención en un entrañable escrito oracional, que redactó hacia 1623, al servicio de la oración de los niños: la Corona de las Doce estrellas. En síntesis, se trata de una alabanza y acción de gracias a la Santa Trinidad, en cada una de sus Personas, por las maravillas que han realizado en María, en su camino desde Nazaret hasta la gloria del cielo, inspiración del itinerario que cada niño o adulto, “Pobre de la Madre de Dios”, está llamado a recorrer. Asimismo, la Corona concluye con una súplica de intercesión en favor de las necesidades de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo.

Cuando nos acercamos a los escritos del santo, de una forma explícita o implícita, intuimos que fue una persona de oración, que hacía de Dios y su voluntad, referencia e inspiración de su ser y obrar. Su mirada penetrante capta en el alma de cada persona el misterio escondido de lo divino encarnado en lo humano. La oración surge cuando el asombro embarga nuestro corazón. En unas ocasiones, la contemplación de la creación suscita el agradecimiento de quien se siente pequeño ante la inmensidad de Dios. En otras, su presencia cercana y amorosa que nos llama a un encuentro personal y amistoso con Él suscita nuestra acción de gracias… En nuestra Corona, María Virgen es la fuente del agradecimiento, porque en Ella aprendemos a recoger filialmente del Padre su bondad y misericordia, a derramarnos maternalmente para dar la vida nueva del Hijo; y a mantener con esperanza la fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo.

En el corazón de cada niño, se intuye la alegría, sencillez y bondad que gozosamente se transforma en gratitud, alabanza y acción de gracias. Muchas veces, a los adultos agobiados por el peso de las exigencias de la vida diaria, se nos eclipsa la mirada divina de los niños, de María, de los santos, que se alegran al intuir la bondad y hermosura de las obras de Dios.

La oración concluye con una súplica de intercesión. En el encuentro con María, Madre de Misericordia, nuestra atención se solidariza con nuestro tiempo, con los dolores y dificultades de nuestras gentes. Los niños se saben pequeños y humildes, necesitados de los adultos para vivir y crecer. Por ser criaturas, no se sienten dueños, autosuficientes  de sí mismos, para dar respuesta a sus necesidades, por lo que retornan una y otra vez al Padre, en comunión con Jesús, para que la presencia del Espíritu Santo nos guíe y acompañe, como lo hizo con santa María Virgen.

Alabar, dar gracias y suplicar, una oración para los pequeños y los que se hacen como ellos para entrar en el reino de los cielos.