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En estos días de diciembre, cuando se van acercando las vacaciones, encontramos tiempo en nuestros hogares para cuidar con tanto mimo detalles y adornos que ofrecen ese sabor tan entrañable y familiar de los días que se avecinan.

Entre los múltiples quehaceres a atender, ocupa un lugar preferencial el Belén o Nacimiento, que se adueñará de algún espacio significativo de nuestra casa. Los más mayores de la familia acompañarán a los más pequeños, al tiempo que les transmitirán hermosas enseñanzas sobre los símbolos y figuras de nuestro belén:

  • María Virgen, en su sencillez y recogimiento nos habla de la escucha y confianza en un Dios Padre siempre bondadoso ante una humanidad atemorizada en la oscuridad de la noche;
  • San José, que en su silencio y cercanía asumió la responsabilidad de cuidar y proteger a la sagrada familia;
  • el Niño Jesús, en el corazón de nuestro nacimiento, nos revela la grandeza del amor de Dios, que se hace pequeño para alcanzar a todos;
  • los pastores, que en su pobreza y humildad acuden presurosos al encuentro del Salvador; y, por último,
  • aquellos magos que recorrieron un largo camino para adorar al Niño Rey y ofrecerle sus regalos.

Nuestro Belén, en alguna medida, será testimonio de nuestra familia, de los que nos trasmitieron esta bella tradición, memoria de los que ya no están con nosotros, pero oportunidad para mirar, contemplar y dejar que Dios adorne nuestros corazones con las bellezas de su misterio:

  • la sencillez de lo que allí acontece,
  • la alegría por la compasión que Dios ha mostrado a la humanidad, la confianza propia de los amigos de Dios,
  • la esperanza en las promesas del Padre…

En esa mirada que nace de nuestra intimidad podemos dejar que brote nuestra sencilla y confiada oración, personal y en familia, con corazón de niño unido al corazón del Niño Dios, para que, en palabras de san José de Calasanz, “el Señor nos conceda unas santas fiestas muy felices en su gracia y nos bendiga”.

A todos los que seguís con regularidad nuestro blog, en la búsqueda de una revitalización de la Oración Continua de san José de Calasanz, con corazón de niño y junto con los niños en las aulas de nuestras escuelas y en vuestras familias y comunidades, os deseamos que os acerquéis al Niño Jesús para que Él os enriquezca con sus dones santos.

Y ante el nacimiento de vuestra casa, podéis orar desde el corazón:

Jesús,

Tú has venido a la tierra,

Niño como yo,

Lleno de amor por mi.

¡Qué gran alegría llena mi corazón!

Te miro

Te amo.

Te adoro.

Gracias, Jesús.

Quédate, siempre con nosotros.

Y dejar que el canto recoja nuestro espíritu ante la humilde belleza del pesebre de Belén: