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Las personas, en la medida que entramos en contacto los unos con los otros, alcanzamos un conocimiento mutuo que nos abre a la singularidad de cada persona en la diversidad de pensamientos,  sentimientos y actitudes que configuran su identidad más auténtica. De esta forma, nos sentimos enriquecidos en la singular aportación de cada uno de nosotros. Aprendemos los unos de los otros, y caminamos hacia nuestra plenitud personal.

Sin embargo, cuando nuestro contacto es con Dios, poco a poco, Él nos abre el tesoro insondable de su corazón, y por caminos diferentes vamos asimilando que lo más genuino y propio de Dios es amar. En unas ocasiones, sentiremos su misericordia, en otras su generosidad, en otras su perdón, en otras su gratuidad… y de esta forma vamos descubriendo los múltiples rostros de la caridad de Dios.

Al acercarnos a la persona y vida de san José de Calasanz, comprendemos que el amor de Dios es la mejor clave de lectura e interpretación de su camino de vida. Desde su infancia y adolescencia, sus padres y educadores sembraron en su alma la buena noticia de la presencia amorosa de Dios que paulatinamente fue madurando en una voluntad decidida de entrega a Dios en la vida escolapia. De esta forma, fue germinando un diálogo muy hermoso con Dios, en el que el Maestro le sale al encuentro, le mira, le llama, le ama, le educa, le provoca y Calasanz, en cada una de sus respuestas va sintiendo cómo Dios le sorprende y le sale al encuentro de forma inesperada.

Así fue educando su alma en una vida de oración, construida en tiempos y lugares sencillos, ocultos, silenciosos, auténticos que ayudan al encuentro vital, confiado con Él, de Tú a tú, en sinceridad y autenticidad, para dejarse trasformar por Él, para ser más a su imagen y semejanza, para que ilumine las opciones de vida, las decisiones, el talante evangélico del ser y obrar. En este camino fueron de gran ayuda hermanos y amigos que le educaron en la escucha del Espíritu de Dios. El proceso alcanzó culmen en aquel encuentro con los niños desarrapados del Trastevere romano. Donde muchos contemporáneos suyos sólo veían a una masa de pobres y menesterosos, Él reconoció a Jesús de Nazaret, escuchó su llamada a servirles, haciéndoles el bien, al estilo de su Evangelio, a darlo todo por ellos, y aún más a vivir y a orar con y como ellos.

Así el santo, fue conociendo ese amor generoso de Dios, más rico en cuanto más empobrecido, más grande en cuando más pequeño, más reconocido en cuanto más escondido.

Cada uno de nosotros, hemos vivido también nuestro personal encuentro con Dios. Él viene a nuestras vidas, se nos revela y de diferentes formas deja en nuestras almas la huella de su presencia, su amor, que en la oración aspira a revitalizarse, para que nuestras personas sean presencia de amor de Dios para los niños y jóvenes que más nos necesitan.

Es posible que olvidemos las más bellas lecciones de amor que Él ha dejado en nuestras vidas o que se nos oscurezca la mirada de amor ante los niños y jóvenes que Él pone a nuestro lado. Por ello, termino con estos versos del P. José María Cuesta, prematuramente fallecido, en nuestra casa de Managua.

En una actitud de sencilla oración, nos mueve a pedir con corazón de niño, las lecciones de amor que Jesús maestro nos ofrece, en ocasiones veladamente, en cada una de las circunstancias de nuestra vida:

Dame lecciones de amor,

Señor que las necesito.

Que yo soy un ignorante

Y abundan los malos libros

Y me engañan fácilmente

-tan débil, tan atrevido-.

Dame lecciones de amor,

 Señor que las necesito.

Hay lecciones para mí…

Y después… para mis niños.

(Para tus niños, Señor,

Tú mismo me has elegido)

Amor, Amor, ¡cuántas veces

Repitiéndome lo mismo!

Y yo te pido lecciones,

Señor, que las necesito.

Tus lecciones de memoria

Y tus lecciones de olvido.

Que si Tú me das lecciones…

¡Cómo aprenderán mis niños!