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(En la fiesta de la Encarnación del Señor

y en el aniversario del nacimiento de las Escuelas Pías)

 

Desde hace unas semanas, nuestros niños y jóvenes, en comunión con la Iglesia, han iniciado la Cuaresma. En muchas de nuestras obras educativas, dedicamos tiempo a la escucha, diálogo y reflexión a partir de la Palabra de Dios, que suscita un impulso de oración en los humildes de su pueblo.

El Espíritu Santo es el alma de toda oración. La comunidad cristiana invoca con frecuencia su presencia, porque es el único capaz de sembrar en nuestros corazones aquellas actitudes que facilitan el encuentro con el Dios vivo. Hoy, os sugerimos dos testigos privilegiados en la escucha y presencia del Espíritu: La Virgen María y San José de Calasanz.

Santa María recibió la visita inesperada del mensajero divino que, en un diálogo trasparente y confiado, fue acompañada por el Espíritu en el progresivo vaciamiento de sí misma, para ofrecerse en plena disponibilidad a la Palabra de Dios. Así, la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros. De esta forma, el Hijo de Dios permanece para siempre próximo y cercano a todos los hombres que le acogen con sinceridad de corazón. La lectura de Lucas 1, 26-38 nos ofrecerá muchas luces y gracias para nuestra oración personal.

San José de Calasanz, en ese dejarse llevar por el Espíritu, llegó a Roma y se encontró con diversas circunstancias: el encuentro con los niños abandonados del Trastevere, con la obra de San Francisco de Asís y con la oración de Santa Teresa de Jesús. Sintiéndose “tocado por Dios” dejó todas sus aspiraciones en este mundo, y decidió entregarse de todo corazón a la obra de las Escuelas Pías. El anciano sacerdote D. Francisco Motes lo testimonió con estas palabras: “Determinó abandonar sus pretensiones y darse de todo corazón a Dios”.

Nosotros nos sentimos muy agradecidos a estos dos testigos del dejarse “hacer” por el Espíritu Santo en dinámica de oración. Ahora, cada uno de nosotros podemos dejar la lectura y dejar que surjan esos sentimientos más auténticos de nuestro corazón. Es momento para la confianza, el agradecimiento, el abandono a la obra del Espíritu santo en nosotros. Nos sentamos de forma adecuada, dejamos que el cuerpo y el espíritu se vayan sosegando… Atendemos al movimiento continuo y pausado de nuestra respiración. Llamamos al Espíritu Santo: Ven Espíritu Santo…  Ven, dulce huésped del alma…

Nos podemos dejar llevar por la escucha y oración del canto: Espíritu Santo me vuelvo hacia ti…

 

Después de unos minutos invocando al Espíritu, dejamos que las palabras de María sean oración en nosotros. Alégrate, llena de gracia… El Señor está contigo… Hágase en mÍ tu Palabra…

Para terminar, diciendo con San José de Calasanz:

He encontrado en Roma mejor modo de servir a Dios, haciendo el bien a estos pobres muchachos; no lo dejaré por nada del mundo”.