Seleccionar página

Con la celebración del Bautismo de Jesús, concluimos el tiempo de Navidad. Desde nuestra Oración Continua, iniciamos con el retiro del 1 de diciembre, un camino en el que nos hemos dejado acompañar por los protagonistas que, en su identidad, nos han llevado hasta la gruta donde yace el Hijo de Dios: María Virgen, la llena de gracia, que en su escucha del Espíritu se ofrece a la Palabra pronunciada; José, el esposo purísimo de limpio corazón, que se deja educar en sus sueños por las palabras del ángel; Juan, la voz que clama en el desierto, que nos anuncia al verdadero Mesías; los Magos, amigos íntimos de Dios que le adoran en espíritu y verdad. Todos ellos han escuchado y comprendido el lenguaje de Dios. En su respuesta, han madurado una llamada, una identidad, un estilo propio y personal de ofrecerse al servicio de la encarnación del Hijo de Dios.

En la fiesta del Bautismo de Jesús, la revelación del Hijo de Dios alcanza plenitud. También Él ha escuchado una llamada, una identidad que revela a todos los pueblos. Aquella luz pequeña que brillaba en la oscuridad de Belén, hoy se transforma en una luz radiante para iluminar a todos los pueblos.

  1. El pueblo andaba expectante, no sabía si Juan era el Mesías”. La expectación es propia de quien busca, de quien se siente sediento de vida nueva. La oración nos acerca a Dios, despierta inquietudes que nacen del corazón.“La voz de Dios es voz de Espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa; no se sabe de dónde venga o cuándo sople; de donde importa mucho estar siempre vigilante para que no venga improvisamente y pase sin fruto.” (S. José de Calasanz, 1622)
  2. Juan, fiel a la Verdad, proclamó: Yo os bautizo con agua, pero viene uno que es más fuerte que yo, él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. En la cercanía de Dios, aprendemos a convivir con él, a aceptar que todo, lo próspero y lo adverso, tiene en Él su fundamento. Él es el único Mesías. Éste es el camino de la humildad. Usurpar su lugar es dejarnos engañar por el mentiroso. En su Verdad, se ilumina mi verdad. Cuando guardamos silencio, nos escuchamos por dentro, sentimos esa presencia que nos reconcilia en la aceptación de lo que nos acontece.“En actitud humilde debemos esperar de Dios Todopoderoso, los medios necesarios que nos trasformen en dignos cooperadores de la Verdad.” (Constituciones de Calasanz, 3, 1622)
  3. Jesús recibió el bautismo junto con el pueblo y, mientras oraba, bajó el Espíritu santo sobre Él”. Jesús, al salir del agua se recoge en oración, en esa comunicación viva e íntima con el Padre, en la que comprende la belleza de su amor a la vez que acoge la misión que le encomienda: la redención de los hombres. Y todo fue junto a su gente, como uno más del pueblo, sin alharacas ni distinciones.“Sabe Dios con cuánto afecto deseo para V.R. la asistencia del Espíritu Santo, con el fin de que, tratando con Él, con las puertas cerradas, al menos una o dos veces al día, sepa guiar la navecilla de su alma por el camino de la perfección religiosa hasta el puerto de la felicidad eterna.” (Calasanz, 1642)
  4. Y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el Amado; en ti me complazco”. En los largos años de vida oculta, fue madurando una comunicación que culmina en su bautismo. En la escucha del Padre, se comprende a sí mismo, y abre su corazón de par en par al Espíritu. Se ofrece libremente a la Voluntad del Padre.“El religioso fiel que desea obtener de nuestro Instituto el más sazonado fruto, considere dirigida a él la exhortación del profeta: “Escucha, hija, mira: presta oído, olvida tu pueblo y la casa paterna: prendado está el Rey de tu belleza.” (Constituciones de Calasanz, 33, 1622)

Cada uno de nosotros, también hemos recibido el bautismo. A los pocos días de nuestro nacimiento, nuestra familia nos llevó a la Iglesia. Allí, el sacerdote en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, derramó agua bendita sobre nosotros y recibimos el Bautismo. Fue una semilla de gracia que el Espíritu Santo sembró en nuestros corazones. Él hace brotar en nuestro interior un impulso de confianza y abandono en el Padre. Él nos mueve a orar, a captar la presencia de Dios en la naturaleza, en las personas, en los acontecimientos de nuestra vida y nuestro mundo. El inspira una respuesta de amor y testimonio para las personas que no le conocen.

Para orar:

Ahora puede ser un momento oportuno para silenciar nuestros ruidos externos e internos. Son muchos los ruidos que pretenden silenciar el rumor de Dios. Él ha hecho manar una fuente de agua viva en nuestros corazones. Si le invocamos pausadamente el silencio nos llena, nuestro corazón se abre a la bondad y hermosura de los pensamientos y sentimientos que el Espíritu Santo nos inspira. Él nos llena de paz, amor, aceptación y vida. Y así, nos repetimos una y otra vez, sin prisa:

“Tú eres mi Hijo Amado, en ti me complazco”.

Y dejamos que Él nos lleve:

  • Con nuestros niños, pronunciamos estas palabras, y así ellos también se abren a la llamada de sentirse y vivirse hijos e hijas de Dios,
  • Con nuestras familias, llamadas a ser complacencia de Dios en su vocación e identidad,
  • Con nuestros educadores, cooperadores de la Verdad, hombres de espíritu, expertos en la escucha de la voz de Dios en el corazón de cada niño para alumbrar su propia identidad y vocación,
  • Con nuestras Escuelas Pías, mies fertilísima, bajo la guía del Espíritu, para plenitud de la caridad,
  • Con nuestra Iglesia, morada perenne del Espíritu, impulsada a testimoniar la presencia de Dios a todos los pueblos,
  • Con todos los hombres de buena voluntad, que aspiran a sanear las relaciones entre los hombres,

Y así, sintiéndonos parte del Cuerpo del Hijo Unigénito del Padre, lo confiamos todo al Padre y escuchamos el canto: