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En el camino que llevamos recorrido, hemos compartido, a modo de introducción, diversas reflexiones y experiencias, que han culminado en el hermoso mensaje que nos dirigió nuestro P. General.

Hoy, os proponemos un encuentro de oración personal o en familia / grupo con Jesús. Él nos espera, nos mira y nos sigue con atención, le hace feliz escucharnos y contemplarnos. Orar es algo muy sencillo: escuchar su voz en nuestro interior; llenarnos de su paz y sosiego; contarle nuestra vida con confianza; mirarle y decirle que le amamos mucho… Éste es el secreto de la oración del corazón.

Invocamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, fundamento de todo cuanto existe: la naturaleza, los árboles, los animales, las personas, especialmente las más necesitadas de su amor. Todos hemos nacido del corazón de Dios. Él permanece siempre en nosotros. No nos abandona. Atendemos nuestra respiración. Cerramos los ojos a las cosas visibles y los oídos a los ruidos. Atendemos a nuestro interior, esa tierra sagrada que Dios nos regala cada día. Llamamos sin prisa, pausadamente a Jesús, con mucho amor, sin levantar la voz, porque Él nos escucha en lo íntimo del corazón.

Parafraseando la parábola evangélica que nos acompañó hace unos días (Mt 13,31-32), la oración continua se parece a una semilla que el labrador sembró en su campo. Es una actividad tan simple como depositar una semilla en la tierra. Jesús la siembra en nuestros corazones. Si la cuidamos y la dejamos crecer, se hará un gran árbol en el que se refugiarán nuestros pensamientos y sentimientos, nuestros gozos y tristezas, nuestros éxitos y fracasos, al igual que los de nuestros hermanos, recibiendo la vida que nace de Dios.

Nuestros corazones se parecen un poco a esa tierra buena, o a aquellas conchas con las que San José de Calasanz nos exhortaba a recoger la gracia de Dios para derramarla en compasión y misericordia. Ser tierra y concha es vocación de todo corazón orante, en esa receptividad propia de quien se siente llamado a vivir y trabajar en esta mies fertilísima, al servicio de los pequeños y abandonados. En silencio pensamos en nuestro corazón. Y nos preguntamos por los sentimientos y pensamientos que habitan en él. Si ayudan o dificultan la presencia de Dios. Y le pedimos sin prisa: Señor Jesús, siembra en mí un corazón orante como el tuyo.

Ahora prolongamos la oración, dejando que este breve canto de Geña Benítez, ore en nuestro corazón.

 

 

Para concluir nuestra oración, vamos también a pensar en cada persona cuyo corazón, cerca o lejos de nosotros, también puede ser tierra buena donde germine el espíritu de oración. Cada niño puede pedir por el corazón de su compañero y de su educador, de sus papás y sus hermanos. Los papas pueden rogar por el corazón de sus hijos. Los educadores sentirán mucho gozo si oran por el los otros educadores de su colegio. En cada Centro, podemos interceder por los otros colegios y obras escolapias de la Demarcación. En cada Demarcación, podemos orar por el corazón de toda nuestra Orden. Y nuestra Orden ora por toda la Iglesia y los niños de todo el mundo. Para que la gracia de Dios, siembre en todos un corazón orante.

Así, pedimos incesantemente a Jesús: Señor Jesús, siembra en mí / en nosotros / en nuestra familia / en nuestro colegio/ en nuestra Demarcación / en nuestra Orden / en nuestra Iglesia / en cada niño y joven / un corazón orante como el tuyo.

Así, el agua de la gracia empapará nuestros corazones, reblandecerá las durezas de nuestra tierra, y nos moldeará a imagen del corazón herido de Jesús.

Para concluir os remitimos al dibujo que encabeza esta entrada, elaborado por Elena Gámez, madre de familia y educadora de nuestro colegio Escuelas Pías de Valencia (España), para nuestra oración continua. Miradlo, contempladlo y dejad que os hable al corazón.