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Desde hace unos años, los escolapios aspiramos a renovar e impulsar la Oración Continua en nuestros colegios, en fidelidad a la herencia recibida de san José de Calasanz y en el deseo de adaptarla a nuestro tiempo.

Convocados por la línea de acción del último Capítulo General: “Cuidar, profundizar, actualizar y difundir la tradición Carismática de la Oración Continua que inició Calasanz como una singular aportación escolapia a la nueva evangelización”, se han realizado estudios de profundización en la experiencia oracional de S. José de Calasanz, en la práctica de Oración Continua desarrolladas en las primeras Escuelas Pías, y en la evolución de la formación en la piedad que a lo largo de la historia se ha vivido en nuestra Orden. Al mismo tiempo, avanzamos en la actualización de nuestra actividad, en fidelidad a la inspiración original, adaptándola a nuestro tiempo y acción educativa.
En los últimos meses, por encomienda de la Provincia y desde la experiencia vivida en mi Colegio, he acompañado encuentros de formación en Oración Continua con profesores de algunos de los colegios de la Provincia. He quedado gratamente sorprendido y agradecido por la acogida y participación de los educadores. Posteriormente, cada claustro realiza su propio camino de cara a la progresiva implantación de una actividad, pero con una clara conciencia de que el educador escolapio, cooperador de la Verdad, acompañará la oración de sus alumnos en la medida que encuentre en su propia oración, inspiración e impulso para su propia vida.

“La voz de Dios es voz de espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa: no se sabe de dónde venga o cuándo sople; de donde importa mucho estar siempre vigilante para que no venga improvisadamente y pase sin fruto”
(A Narni, 1622)

A la luz de estas palabras que san José de Calasanz, inspiración de muchas dinámicas de nuestra Oración Continua, os comparto algunas reflexiones que, nacidas de nuestra experiencia, guían nuestra particular vivencia de la actividad con nuestros niños:
1. Vigilantes
La visita de Dios siempre tiene un carácter imprevisto. Programamos nuestra vida de oración, pero Dios fácilmente nos sorprende en las disposiciones y actitudes que los niños desarrollan en su vivencia de la oración y la reflexión / meditación que le acompaña. Los niños también nos educan a los adultos en actitudes que, en su sencillez y simplicidad, nos abren de par en par la puerta del corazón a la acción de Dios en nosotros.
2. En silencio para escuchar
Vivimos en una sociedad que nos arrastra hacia una intensa actividad sensorial, con la consiguiente dispersión de la atención y la escasa comunicación con nuestro mundo interior, que percibimos especialmente en nuestros alumnos. En la oración, el silencio y la escucha nos abren a una comunicación con nuestro propio mundo interno. La presencia de Dios, siempre sanadora y consoladora pacifica e ilumina toda inquietud que turba nuestra conciencia. Los niños, en la ductilidad que les caracteriza, en la medida que son educados en la oración, descubren en el silencio y la escucha una fuente de vida.
3. La voz de Dios
Dios nos habla, porque nos ama y nos llama a vivir junto con Él, en un encuentro permanente de amistad. Él nos habla de muchas formas, primordialmente por la Palabra revelada, pero también en la huella de su Presencia que ha impreso en la creación, en el encuentro con las otras personas, de forma especial en la familia, en las diferentes circunstancias de la vida. Unas adversas, que nos mueven a invocar la ayuda y protección de Dios; otras, prósperas, que suscitan la confianza y agradecimiento por la bondad manifiesta de Dios. Pero es en la Palabra evangélica, donde los niños encuentran una predilección particular de Jesús, en su deseo de escucharla, memorizarla, guardarla y comunicarla a las personas que aprecian y les acompañan en su vivir de cada día.
4. que toca el corazón.
La presencia de Dios, actualiza en la escucha orante de su Palabra renovada en las actividades de cada día, abre nuestro corazón al Espíritu que Dios envía a nuestras vidas. El Espíritu Santo nos inspira, guía, ilumina y acompaña. Los niños lo invocan pacientemente como el amigo que les lleva a Jesús. En la medida que el Espíritu nos “toca” enciende nuestra sed de Dios y suscita la alegría y confianza que tanto vivifica el alma de los niños.
“Dejemos obrar a Dios”, como exhortaba san José de Calasanz, en el corazón de los niños y sus educadores para que, como reza nuestra oración por las vocaciones escolapias, “pronto no quede un niño que no alabe al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

Artículo incluido en el Anuario BTN número 5.