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Domingo de Pascua. Ciclo A

No temáis, ha resucitado y os espera en Galilea, allí le veréis.[1]

Después del silencio en la oscuridad de la noche, la Iglesia exulta y canta con alegría la gran noticia que renueva toda vida cristiana: “Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.”[2]

En estos días, vemos abrirse en la naturaleza, la belleza y la diversidad de flores y frutos que embellecen la creación con su olor y su color. El invierno fue largo. El frío intenso. Pacientemente esperábamos la eclosión del tiempo propicio para germinar y dar vida. Asimismo, después de la cuaresma con su dinámica de silencio, austeridad y recogimiento, nos alegra la llegada de la Pascua. El mal, el pecado y la muerte han sido vencidos en la Resurrección de Cristo. “¡Oh feliz culpa que nos mereció tan gran redentor!”[3]

En la madrugada, aquellas mujeres fueron al sepulcro con la tristeza del duelo y el anhelo de ver su cuerpo y expresarle su último gesto de amor. Con el asombro de una mirada limpia, abierta al imprevisto, se dejaron sorprender por un Dios que es más grande que una pesada piedra. La tierra tembló, un ángel bajó del cielo, corrió la piedra. Vestido de blanco, como Jesús en la transfiguración, trae el anuncio de la presencia resucitada de Cristo en la nueva y definitiva revelación de Dios.[4]

En este tiempo de oración, me dispongo, acojo al ángel de Dios que viene a visitarme. Me trae una buena noticia.  Dejo que el silencio, la quietud, la paz y la alegría llenen mi alma. Cristo ha resucitado. Permanece en mí. Me sereno interiormente. Le invoco:

Ven, Señor Jesús.

Anúnciame tu resurrección.

Lléname de tu vida.

Canto: Jesús ha resucitado.[5]

1. “No temáis. Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado, como había dicho.”[6]

La oscuridad del pecado y la muerte amenazan nuestra esperanza. El miedo se abre paso e invade nuestro espíritu. Ante la adversidad, nos sentimos desamparados. El encuentro con el Resucitado es el acontecimiento nuevo y definitivo que cambia nuestra condición. No estamos huérfanos. Jesús presente en nuestra vida es alguien del que podemos fiarnos. Su presencia es memoria de un pasado que nos impulsa a caminar y seguir adelante. No nos hemos equivocado. Él es la Verdad. Nos sostiene en la adversidad y la prueba.[7]

Me recojo en mi interior. Aquellas mujeres quedaron sobrecogidas por el anuncio del ángel. Guardo silencio. Escucho la voz del ángel que me susurra en el corazón:

No temas. No está aquí. Ha resucitado.

2. Jesús les dijo: “Alegraos”. Ellas se postraron ante Él, y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: No tengáis miedo: comunicad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”[8]

El anuncio de las mujeres llega a los discípulos como un débil rayo de luz en la oscuridad de su noche. El mensaje reanima su esperanza. Galilea vuelve a ser lugar para el encuentro con Él.

Volver a Galilea fue regresar al inicio, a rememorar la primera llamada del Señor. Con su palabra y su presencia les cautivó para irse con Él. Ahora volver allí, no para detenerse en una nostalgia de un pasado que ya no volverá, sino para releer todo lo vivido: la predicación, los milagros, la comunidad, sus gestos, su oración…  desde una clave de interpretación nueva: su muerte en cruz y su resurrección. A partir de aquí, todo se ilumina desde un acto supremo de amor.[9]

También para cada uno de nosotros, hay una “Galilea”. En el comienzo de nuestra vida:  una familia, una escuela, una parroquia, los sacramentos de iniciación, el grupo de amigos…  volver a Galilea puede tener un significado muy vital: redescubrir el niño o la niña, que en aquel entonces aprendió las mejores actitudes de la vida:  la confianza entrañable; la bondad de corazón; la mirada limpia; la hermosura de bendecir y hablar bien de los demás; la escucha, el diálogo y la colaboración con los otros; la alegría… La Resurrección de Jesús quiere hacer crecer todo lo que se sembró en nuestros corazones y darle plenitud en su amor. Quizás, hemos andado por muchos senderos que nos han alejado de “nuestra Galilea”.

Jesús me espera en Galilea. Allí quiere verme. Si me encuentro lejos, le digo:

Jesús, ayúdame.

Acompáñame a mi Galilea.

Quiero volver allí para encontrarte y dejarme abrazar por tu misericordia.

San José de Calasanz dejó escrito en 1647: “Procure exhortar a todos a una santa paciencia y a esperar en la misericordia del Señor que, aunque parezca abandonar a los suyos, no es así, sino que reserva el auxilio para el tiempo oportuno.”[10]

En dinámica de oración.

Un niño nunca guarda un secreto que le hace feliz. Lo cuenta con transparencia a los otros. Los mayores, atareados en sus ocupaciones, quizás no les presten atención. Dios se sirve de unos niños, de unas mujeres para llevar la mejor noticia. La alegría de aquellas mujeres fue tan grande que después de postrarse ante él y abrazarle los pies, corrieron a llevar la noticia a los discípulos.

Jesús me espera en mi Galilea particular. Me llama y me acompaña a esos lugares donde escuché por primera vez su voz y su llamada. Me dejo conducir por Él. Guardo silencio. Atiendo mi cuerpo, mi respiración. Él está aquí. Me imagino como aquellas mujeres ante Él. Le adoro como mi Rey y Señor. Le ofrezco mi corazón. Le invoco:

Ven, Jesús Resucitado.

Jesús, Tú eres mi alegría.

Jesús, Tú mi esperanza.

Jesús, Tú mi vida para siempre.[11]

CANTO: Testigo de tu amor. [12]

 


[1] Mt 28,1-10

[2] Liturgia de las Horas, antífona laudes Domingo de Pascua

[3] Vigilia Pascual, Pregón

[4] Papa Benedicto XVI, Regina Caeli 2010

[5] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 1

[6] Mt 28,5-6

[7] Papa Benedicto XVI, Mensaje urbi et orbi 2012

[8] Mt 28,9-10

[9] Papa Francisco, homilía Vigilia Pascual 2021

[10] San José de Calasanz, Opera Omnia, vol. VIII, pág. 362. Ep 4439.

[11] Eucaristía Domingo de Pascua, Secuencia

[12] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 2