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El Evangelio del domingo XII nos relata el episodio de la tempestad que Jesús calma, apelando a la fe en su persona. Naturalmente, fijamos la atención en los discípulos, las dificultades de la travesía, Jesús que duerme… En esta ocasión, me voy a fijar en el mar.

La palabra de Dios, en muchos pasajes, interpreta el mar como ese cúmulo de fuerzas ocultas que amenazan la vida de los hombres. También en otros, aparece el mar como signo de vida. El Espíritu Santo con su don de ciencia, nos nuestra cómo la naturaleza nos habla de Él y de su amor.

En el hemisferio norte, cuando llega el verano, muchas personas se acercan al mar para disfrutar de sus beneficios. En el trópico, el mar nos acompaña durante todo el año. Desde hace casi un año, vivo a 50 pasos del Caribe. Muchas tardes, me acerco hasta las mismas rocas en las que rompen sus olas. Resulta hermoso contemplarlo en su singularidad: en unas ocasiones, ruge furioso con esa fuerza que hace perder el equilibrio; en otras, reposa sereno y aquietado, dejando que la suave brisa refresque el ambiente. El mar tiene algo de misterioso, atractivo y seductor que mueve al asombro y la admiración. Se parece mucho a Dios, al que nos dirigimos con respeto y santo temor cuando la adversidad amenaza nuestra existencia, y en el que confiamos de todo corazón, cuando sopla suavemente la bondad y ternura de su gracia.

Junto al mar, siempre me encuentro a muchas personas que me recuerdan nuestra dinámica de oración continua.

  • Con frecuencia, me cruzo con personas que caminan rápido, tan ensimismadas en sus cavilaciones, que ni siquiera se detienen a contemplar serenamente el mar. Han perdido la capacidad de escuchar en plenitud la vida. Cuando las veo, me vienen a la memoria, algunas personas que en nuestras instituciones viven tan pendientes de lo suyo, que se resisten a la belleza de vivir y acompañar la oración de sus estudiantes. Reducen su identidad a un hacer, carente de esa mirada que trasciende toda realidad y ve en el corazón de cada persona. Incluso se resisten a dejar que los mismos niños les enseñen a encontrar en el recogimiento, la Palabra de Dios y la Eucaristía, esa “fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna”. (Jn 4,14). Ni ellos entran en el Reino, ni dejan entrar a los pequeños.
  • Junto al mar, también te encuentras con muchas familias, que se divierten al atardecer, jugando, haciendo deporte o tomando una merienda. Sienten la brisa fresca y la cercanía del mar. En alguna medida se parecen a tantas personas que en nuestras instituciones cuidan la recitación de oraciones vocales, pero sin profundizar y educar en sus estudiantes lo que significan las palabras.
  • En algún lugar, te encuentras también con alguna persona que toma el baño. Han ganado en confianza. Se deleitan y se sumergen en él, dejando que su cuerpo y sus sentidos sean acariciados por las aguas. Se parecen a tantos niños y educadores que dejándose llevar por las inspiraciones de Dios se van sumergiendo poco a poco en el agua vivificadora de la oración del corazón que llena el alma y suscita el deseo de la amistad con Dios.
  • Por último, allá a los lejos, de vez en cuando, se ve a algún nadador, equipado con sus gafas y aletas, que se sumerge y de vez en cuando emerge a la superficie para aspirar el aire. Cuando los veo, muchas veces imagino que sentirán deseos de ser peces que viven y conocen las profundidades del mar, hermosura que permanece velada para las personas. Entonces me vienen a la memoria tantos encuentros de oración vividos con los niños en los que a la escucha de la Palabra de Dios o ante la Eucaristía se recogen tan atentamente en su corazón, en la intimidad con Dios, que hacen surgir siempre en mí, el mismo deseo de mi corazón: “… vuélveme Dios mío a la edad bendita en que vivir es soñar”.

Os compartimos el testimonio de Oración Continua que nos han enviado nuestras hermanas Calasancias.