“Hoy nos ha nacido un Salvador: El Mesías, el Señor”. Es el anuncio que la Iglesia nos proclama. Dejemos fuera el miedo, la oscuridad. En una pequeña gruta, en la naturaleza, entre animales, José y María encuentran refugio. Viven en un silencio profundo y auténtico que les lleva al centro, al corazón. María nos educa en la escucha atenta de la Vida que mana del interior. José nos enseña el amor confiado de quien a tientas busca obedecer la voluntad del Padre.
La Palabra se hace carne y acampa entre nosotros, en el corazón de cada persona, trascendiendo fronteras, rupturas, discriminaciones, ofensas, enfrentamientos. Ella convoca a los pequeños, a los pobres, a los niños para caminar hasta Belén, y allí mirar y adorar al Dios Niño que viene a renovar una Alianza de amor. Pidamos un alma de niño para cantar tanta belleza y hermosura. Le invocamos:
Jesús… Jesús… Jesús
En Ti, se alegra mi corazón,
En tu santo Nombre, confío.
Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. ¡Gloria! ¡Gloria!
En este Adviento, nos hemos dejado acompañar de la palabra del profeta Isaías. Nos ha guiado poco a poco hasta Belén. Escuchémosle:
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. (…) Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz”. (Is 9, 1- 5)
Estas palabras del Profeta sobrecogen por su hermosura. Es un canto a la esperanza y al gozo, una invitación a la alegría. Atrás quedan guerras, opresiones, desprecios, humillaciones. Amanece una luz que trae vida, salvación, esperanza.
En este texto, que se escribió muchos años antes del nacimiento de Jesús, se habla de un niño que se llamará Dios fuerte, padre eterno, príncipe de la paz. Sólo Jesús ha encarnado esta palabra. Dios siempre nos desconcierta: un niño, en toda su debilidad es un Dios fuerte. Un niño, en toda su indigencia y dependencia, nos trae el verdadero rostro de la paternidad que dura para siempre. Este niño nos traerá una paz sin límites. Él quemará la vara del opresor, la bota que pisa con estrépito, la túnica empapada en sangre.
Dios se ha manifestado. Lo ha hecho en el modo y al estilo de un niño. Su alegre sonrisa, su mirada limpia, su abandono confiado, su receptividad abierta desafía a los grandes, los poderosos, los altivos de este mundo. Sólo quien haya recibido un corazón de niño, puede acercarse al Niño Dios. Ellos serán personas de paz.
En estos momentos en que la paz está tan amenazada en tantos lugares; en el que surgen nuevas varas de opresor y túnicas injustamente ensangrentadas, vayamos a Belén, en la confianza simple de los niños. Veamos y contemplemos el misterio: Tú, Dios grande, has venido en un niño, para confiarnos el amor que se abaja hasta lo más corrompido e inerme del ser humano.
La Navidad es la epifanía, la manifestación de Dios. Cuando llevamos a nuestros niños al nacimiento, nos nace con espontaneidad ofrecer un beso a Jesús niño, con entrañable fervor. En su encarnación, su humanidad conmueve el corazón. Allí, Dios está presente. Le ofrecemos nuestra entrega, nuestro amor. Oportunidad para el perdón, la reconciliación, la unidad. En una existencia oscurecida por el sufrimiento y el pecado, el Padre nos trae en Jesús, la bondad, la inocencia, la mirada limpia de un niño, la paz del corazón.
Dios en Jesús quiere hacer una alianza de ternura y compasión con cada uno de nosotros. Es el triunfo del amor sobre el egoísmo, el perdón sobre el rencor, la alegría sobre la tristeza. Dios construye su reino desde dentro, desde el corazón. En tantas ocasiones, oculto a nuestros ojos. En esta noche, estamos alegres, porque Dios está muy cerca, está en el corazón, derramando paz, alegría, esperanza, caridad. Y en cada comunidad que comparte la Eucaristía, pequeña parábola de fraternidad, en torno a Jesús, pequeño en un pedazo de pan.
ORACION
Ante la gruta de Belén, inclínate, abájate. Si no puedes, pide ayuda. Allí no entran los grandes, los poderosos, los opulentos. Despréndete de tu pensar y sentir, a veces alejado de Dios. Abandona tus prejuicios y opiniones demasiado mundanas. Escucha cada inspiración que Jesús Niño siembra en tu corazón. Acógela, Custódiala. Imagínate allí, ante Jesús, con María y José, entre los animales y los pastores que se van acercando con sus dones. Sin conocernos, Jesús une nuestros corazones.
¡Cuánta paz y serenidad en el corazón!
Le invocamos:
Jesús… Jesús… Jesús
Te contemplo, Niño indefenso,
Tú eres el príncipe de la paz
Ven, Jesús, pacifica mi alma.
Ven, Jesús, pacifica mi familia
Ven, Jesús, pacifica nuestro mundo.
Tú, Jesús, eres Luz.
Jesús, Ilumina mi corazón.
Jesús, Ilumina mi familia.
Jesús, Ilumina nuestro mundo.
Tú, Jesús, eres Ternura.
Jesús te ofrezco mi amor.
Jesús te ofrezco mi corazón.
Te adoro, mi pequeño y buen Jesús.
Y nos dejamos acompañar por el CANTO: Jesús, hijo de María.
Jesús, Hijo de María, me entrego a Ti, acógeme.
