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El Adviento es una oportunidad para la consolación y la ternura de Dios. Si miras a tu alrededor te encuentras con el dolor y la angustia de una humanidad herida. Recuerda a esas personas cuyas historias te conmueven porque te alcanza su dolor y amargura. Acércate a Dios con el corazón lleno de nombres, de miradas: niños necesitados de cariño y protección, ancianos abandonados, trabajadores desempleados, transeúntes despreciados, jóvenes desorientados, inmigrantes humillados, enfermos desahuciados…

¡El optimismo defrauda! Es la creencia engañosa de que todo saldrá bien; sin embargo, la esperanza, desde la verdad, encuentra su fortaleza en las promesas y presencia del Dios vivo: “Yo espero porque Dios camina conmigo”. Su palabra me anima, me sostiene en la prueba. Dios no nos deja solos. En su última carta, san José de Calasanz dejó escrito: “Sed constantes y veréis la salvación de Dios sobre vosotros”. La esperanza se aprende de la sabiduría de los hermanos mayores en la fe. Dejémonos enseñar por el Señor. Pidamos a Dios su esperanza:

Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús…

En la prueba, esperaré en Ti.

En Ti confío, no me defraudes.

Ven Señor Jesús.

Escuchemos de nuevo a Isaías, el gran mensajero de la esperanza. En la segunda parte de su libro, anuncia:

“Consolad, consolad a mi pueblo. Hablad a su corazón, decidle que ya ha satisfecho su culpa (Is 40, 1-2).

Una voz clama: “En el desierto, abrid un camino al Señor, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios” (Is 40,3)

El exilio fue un momento dramático para Israel: lo había perdido todo: la patria, la libertad, la dignidad… e incluso la confianza en Dios. Se sentía abandonado, desesperanzado y abatido.

La consolación comienza cuando Dios irrumpe en la historia y abre un camino nuevo. Cuando el fracaso deja paso a una nueva confianza que sana las heridas del corazón. Cuando estamos en la oscuridad, el desánimo invade el alma. Añoramos la vitalidad e ilusión de cualquier tiempo pasado. Sentimos que nos han robado la sonrisa. Hay personas que ríen mucho, a carcajadas, pero no sonríen. Cuando alguien nos acompaña, comparte nuestra oscuridad, derrama el bálsamo de la compasión en nuestras heridas, expresamos con una sonrisa la gratitud del consuelo. La esperanza y la sonrisa caminan de la mano.

Aunque tengamos muchos problemas y dificultades, cuando nos encontramos con los niños, nos contagian su sonrisa, su confianza, su alegría. Cuando unos niños oran desde el corazón, renuevan la mirada y los deseos profundos de los mayores. ¡Cada niño es una esperanza del cielo! Si nos dejamos acompañar por ellos, si les cedemos el protagonismo, nos llevan al encuentro con Dios, que se hizo niño para contagiarnos la alegría de Dios.

“Si volvéis a Él con todo el corazón y con toda el alma, Él volverá a vosotros, y no os ocultará su rostro” (Tb 13,6), leemos en la Palabra de Dios.

Quien se vuelve a Dios, con la inocencia y simplicidad de un niño, le prepara el camino. Él nos espera, quiere que regresemos a Él, demos crédito a su Palabra, le cedamos un poco de protagonismo en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestras escuelas. Preparemos el encuentro con este Niño que nos devolverá la sonrisa de Dios.

Este camino no fue recorrido por los poderosos que deciden cruelmente sobre las vidas ajenas. Los verdaderos peregrinos de esta senda son los limpios de corazón, los pequeños: Juan el bautista, que con su testimonio y mensaje le preparó el camino; Zacarías e Isabel, ancianos desconfiados en su esterilidad; unos pastores, despreciados y despechados por sus vecinos; José, el humilde trabajador amigo de Dios; María, la joven virgen, que todo lo esperó de Él… Pequeños; grandes por su fe; desconcertados por la sorpresa de Dios, maravillados por su manifestación; fascinados por su luz, entusiasmados con las promesas de Dios. La esperanza no es para grandes, no la conocen, sino para los que no cuentan.

Los pequeños, con Dios transforman el desierto, la soledad y el sufrimiento en un camino llano, limpio de obstáculos, sin temor a tropezar, a caernos. Si dejamos que los niños nos lleven de la mano, cualquiera que sea nuestro desierto, se convertirá en un jardín florido.

“Que el Señor nos consuele a todos en esta vida con su santa gracia, y en la otra con su santa gloria”, nos dejó escrito san José de Calasanz en 1647.

ORACIÓN

Déjate visitar por Jesús. Él conoce tus heridas, los dolores que aquejan tu alma. Sabe que fácilmente te desanimas ante las dificultades. Por eso, Él te mira con ternura, se acerca a tu vida, provoca sed de consuelo, de esperanza, en tu corazón.

Guarda silencio. Presta atención a tu cuerpo, a tu respiración. No luches con los pensamientos y sentimientos que te invaden. Acógelos, convive con ellos. Tú, céntrate en tu respiración: pausada, tranquila, serena. A este ritmo, asocia a tu respiración el nombre de Jesús, una y otra vez:

Jesús… Jesús… Jesús….

Cierra tus ojos. Ahora no es momento para observar, sino para contemplar. La atención sólo en Él.

Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús…

Ven Jesús, háblame…

Ven Jesús, cúrame…

Ven Jesús, consuélame…

Ven Jesús, alégrame…

Ven Jesús, renueva mi esperanza…

Jesús, contágiame tu sonrisa…

Jesús, con tus pequeños, llévame a Ti.

Y dejamos que el canto se haga oración en nuestro corazón: