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Alabado sea el Hijo de Dios que quiso ser educado por Ella en su infancia

María, Tú eres mi mamá. Tú me cuidas y proteges, con tu mirada misericordiosa, atiende mis oraciones y de todos los peligros, defiéndeme. María, te ofrezco mi corazón.

Un niño pequeño necesita de muchas atenciones y cuidados. Cada día, en el encuentro con el grupo de niños que se nos confían, son muchas las demandas que de forma explícita o implícita nos transmiten.

Cada uno de ellos ha nacido de una madre, que le ha regalado la existencia en un ambiente propicio para madurar y desarrollarse. Cuando una madre amamanta a su niño, le entrega algo de sí misma. Una madre desarrolla un sexto sentido capaz de intuir las necesidades de su hijo. Así, poco a poco, va germinando un amor mutuo: la madre que se derrama toda entera en esa frágil vasija de su hijo, y éste que, en los cuidados de su madre va recibiéndose única para quien le dio a luz. De la mirada entrañable de su madre, se abrirá a su padre y a sus hermanos, y el día de mañana, en la escuela, a sus educadores y compañeros. Pero todo este camino de maduración, encontrará su fundamento en esta relación nutricia con su madre.

En el hogar de Nazaret, Jesús, el Hijo de Dios, crece sometiéndose a las leyes del crecimiento. Él no es un niño precoz o de altas capacidades, no quema ninguna etapa. Él quiere aprender con la inteligencia y el corazón de un niño y un adolescente, que preservado del pecado, capta la huella de lo divino en la realidad de la vida: la belleza de la naturaleza, el cariño de la familia, la amistad con otros niños, la dureza e incluso la falta de humanidad en muchas situaciones de la vida… María y José no esperan simplemente que el Padre cuide de Él, sino que hacen lo que pueden, a la manera de los hombres para que el Hijo cumpla perfectamente su misión.

“Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.” (Lc 2,51-52), nos dejó escrito S. Lucas. Con una disponibilidad ejemplar aprende a  escuchar y a creer lo que la Madre le dice. Libre de toda dispersión, centra la atención de sus sentidos, y se fija en su Madre. Está dispuesto, con un corazón humilde  y orante, a creer lo que se le propone. María le enseña rudimentos de la vida humana: andar, comer, amar, sentir, a expresarse en la sintaxis y vocabulario de su propia lengua a quien es la Palabra del Dios vivo. Así, en el ritmo pausado del aprendizaje, el niño Jesús va configurando su ser y su identidad para escuchar a su Padre y ofrecerse amorosamente a su voluntad redentora.

De José y María, Jesús aprende a responder a la Gracia de Dios. No es un aprendizaje fácil, pero sí humilde y paciente, lento y progresivo, al ritmo de Dios. Primero, en el encuentro filial con sus padres, ha conocido un amor entrañable y compasivo, libre del mal, el engaño, la doblez y el pecado. Después, ellos le enseñarán a responder a ese amor: en los pequeños servicios cotidianos que un niño puede ofrecer, en los trabajos en los que es capaz de colaborar, especialmente en la carpintería junto a su padre José… Sus padres reciben con entusiasmo cada aprendizaje del niño.

La familia de Nazaret es un espacio de recogimiento en Dios. Aquí, el Hijo aprende lo que es el amor humano, cómo debe comportarse una persona con sus hermanos los hombres. Le enseñan con su propio ejemplo lo que es el amor al prójimo en la vida cotidiana. Luego, cuando el hijo salga de su casa, conocerá el sufrimiento y el dolor que el pecado provoca en las personas. Entonces, instituirá el mandamiento del amor mutuo, que siendo todavía niño, aprendió y ejercitó en la relación con sus padres.

La familia de Nazaret es una verdadera escuela de vida cristiana. Déjate tocar por ella… ¡Cómo querríamos ser otra vez niños  y volver a esta sublime escuela de Nazaret!

¡Escuela de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la aptitud de prestar oído a las buenas inspiraciones y palabras…!, nos dejó escrito el Papa S. Pablo VI.

ORACIÓN

Guarda silencio, recógete en tu interior. Sitúate en Nazaret, con corazón de niño. Asómate curioso por la ventana de su casa y contempla a la Sagrada Familia en su cotidianidad… Acoge, escucha, mira atentamente, no pierdas ningún detalle: la mirada de María, el silencio de José, la alegría de Jesús…

 Agradece y contempla también el amor y cariño de tus padres, de tus educadores, de Dios en tu infancia… Invócale:

Jesús… Jesús… Jesús

Gracias por tu silencio,

               por tu escucha,

               por dejarte llevar por María y José.

María, edúcame en tu amor a Jesús,

                                    tu fe viva en el Hijo de Dios,

                                  tu escucha del Misterio de Dios.

José, enséñame la sabiduría del esfuerzo,

                             el recogimiento,

                             tu humildad orante.

Hago memoria de los niños sin escuela y los encomiendo a Jesús… a María

Virgen de las Escuelas Pías, ruega por nosotros

En la familia de Nazaret, Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia.