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En el camino de la Cuaresma, Dios siembra en nuestros corazones múltiples gracias y virtudes que con el tiempo darán su debido fruto. En muchas ocasiones, nuestra mirada es débil y nuestras expectativas se sienten fracasadas porque no terminamos de cosechar aquellos frutos que pueden germinar en una humanidad más justa y fraterna, capaz de generar más alegría, fe y esperanza en medio de tanto dolor y sufrimiento que viene provocado por la guerra, la carestía económica y la palabrería de quienes se refugian en falsas excusas para no asumir su propia responsabilidad.

En la medida que deseamos y pedimos con asiduidad un corazón de niño, surgen en nosotros actitudes que nos llevan al verdadero encuentro con Dios:

  • la generosidad en el tiempo dedicado a Dios en la oración y a los hermanos en el servicio;
  • la atenta escucha de la Palabra de Dios y de las inspiraciones de su Espíritu; de los hermanos en cada diálogo compartido;
  • una mirada limpia y amorosa a Dios a quien ofrecerle nuestros anhelos más íntimos y a nuestros hermanos con quienes comunicarnos de forma más auténtica, cara a cara, como un amigo se dirige a su amigo.

Aquí y ahora, Dios viene a ofrecerte un encuentro de tú a tú con Él, en el desierto de tu sequedad y soledad. Como le ocurriera a Moisés en el desierto, Él enciende esa pequeña llama de amor, de presencia, de ternura que nunca se consume y sólo te `pide que le mires, que te descalces de tus vanidades, tus ideologías, tus resistencias. Guarda silencio. Es el mismo Dios que viene a visitarte, a revelarte su Verdad en la verdad de tu vida, de tus éxitos y fracasos.

Le invoco:

Ven, Señor Jesús…Ven, Señor Jesús.

Recuerda, Señor, que tu ternura

y tu misericordia son eternas.

Acuérdate de mí con misericordia,

por tu bondad, Señor.

ORAMOS CON EL PADRE

Celebramos el IV domingo de Cuaresma, día para comprender quién es verdaderamente Dios: el Padre misericordioso que en Jesús nos ama sin medida; y quiénes somos cada uno de nosotros: personas creadas por Él, Hijos, que entregándonos a los demás, Hermanos, encontramos la vida.

Cuando dejamos que el Espíritu de Dios ilumine nuestra vida, Él nos purifica la mirada para ver en Dios a un Padre eternamente misericordioso con cada una de sus hijos.

Cuando miramos nuestro pasado, recordamos a las personas que han dejado huella en nuestras vidas: nuestros padres, educadores y amigos. Por su medio, Dios ha ido sembrando en nuestras almas experiencias, actitudes, vínculos, principios que han fundamentado nuestra vida y que, en los momentos de adversidad, han fortalecido nuestro ánimo vacilante.

Ahora, en la presencia de Dios, guardo silencio, quiero agradecer el conjunto de bienes que están íntimamente ligados a mi identidad y que modelan mi forma de ser. Imagino a mi padre y a mi madre. Recuerdo sus rostros, su carácter, las actitudes que me dejaron huella. Guardo silencio.

Gracias Padre, por mis padres…

Gracias por sus silencios.

sus miradas.

su generosidad.

su entrega.

su oración.

su perdón.

Canto: Tu amor en mi pequeñez.

Gracias Padre bueno, por tu amor desbordado en mi pequeñez, por amarme tanto. Por llevarme siempre en tus brazos.

Por tu amor desbordado en mi pequeñez, gracias por amarme tanto.

ORAMOS CON EL HIJO

Y, sin embargo, como le ocurre al hijo más joven de la parábola, sentimos que esa vida es aburrida, no nos satisface. Miramos a nuestro alrededor, vemos la vida de otras personas y, como Eva en el Edén, nos resulta “más apetecible a la vista y excelente para adquirir sabiduría” (Gn 3,6). El sueño de vivir una vida con toda su belleza y plenitud nos encandila y, con toda la herencia recibida, nos atrevemos a abandonar la casa paterna para aventurarnos libremente en el riesgo de alejarnos de nuestras raíces para buscar desde lo mío la felicidad.

Quizás, en un primer momento, parece que todo va bien. Pero después, se siente el cansancio, el peso de la adversidad, el hastío de la vida, el vacío del propio yo. Cuando todo se acaba, nos sentimos menos que unos pobres cerdos que viven de sus amargas algarrobas.

Ahora, entro dentro de mí, recuerdo decisiones, opciones… que me han alejado de mí mismo, de Dios, de los demás, y me han dispersado en periferias vacías de vida. Invoco a Jesús:

Jesús… Jesús… Jesús…

Tú eres perdón.

Misericordia.

Amor.

Quiero crecer en tu amor.

Canto: Quiero crecer en tu amor.

Jesús, quiero crecer en tu amor.

ORAMOS EN EL ABRAZO

En ese momento, cuando me siento vacío y desorientado, recapacito y me pregunto: ¿vivir sólo para mí, para satisfacer mis deseos? ¿no sería quizás mejor vivir para los demás, contribuir al bien común de la humanidad? Así comienzo un nuevo camino interior; dejándome guiar por el espíritu de hijo que habita en mi corazón de niño, que me mueve a mirar al Padre con los mismos ojos del Hijo de Dios. Alentado por este impulso me encamino hacia el Padre, que en su libertad amorosa me ha enseñado lo que significa vivir y lo que significa no vivir. El Padre que se alegra de verme, me abraza, me ofrece una fiesta, me hace comprender que una vida sin Dios, sin Padre, sin raíces hastía: falta lo esencial, falta la luz, el sentido de la existencia. Sólo cuando estoy lejos, se ilumina la presencia más íntima del Padre.

El hijo que  nunca se alejó, no llegó a comprender quién es verdaderamente Dios: el Padre misericordioso que en Jesús nos ama sin medida.

Ahora me vivo en el hijo menor. Recuerdo tantas reflexiones personales. Aún más, sintonizo con los sentimientos más íntimos que mis padres educaron en mí: bondad, confianza, sinceridad, autenticidad, generosidad, humildad. Guiado por estos sentimientos, me abrazo al Padre y le digo:

Abba Padre… Abbá Padre

Te amo.

Confío en Ti.

Tú eres mi alegría,

mi vida,

mi esperanza.

En tus brazos de Padre, pongo mi vida

me abandono en Ti.

Le canto: En tus brazos

En tus brazos de Padre pongo mi vida me abandono en Ti, mi Dios.

En tus brazos de Padre pongo mi vida me abandono en Ti, mi Dios.