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Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces. Consuela con paciencia sus corazones desanimados. De este modo realiza, después de su Resurrección, la “Resurrección de los discípulos”. Y ellos reanimados por Jesús, cambian de vida”, nos decía el papa Francisco en el domingo de la divina misericordia.

Cada año, al celebrar la Pascua, revivimos la experiencia de los primeros discípulos de Jesús: un encuentro con el Resucitado. Victorioso sobre el mal y la muerte, el Autor de la Vida, aparece en nuestros pequeños “cenáculos” de la vida. El invisible se hace visible, palpable suscitando una confesión con fe viva: Es el Señor.

Dejemos que nos inunde el resplandor de su rostro e imploremos con el salmista: Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.

Guardamos silencio. El Resucitado viene a nuestro corazón. Quiere encontrarnos acogedores a su presencia. Atendemos nuestra respiración. Orar es acogerle, escucharle, ofrecerle nuestro ser y hacer.

Dejamos que su alegría redima nuestras tristezas y decepciones. Le invocamos:

Ven, Señor Jesús… Ven Señor Jesús

Yo te llamo, Señor… Escúchame

Visítame con tu amor… Dame tu paz y tu alegría.

 

Jesús, Tú has resucitado; estás vivo para siempre.

Te doy gracias y te alabo; con alegría te canto.

Aleluya, aleluya

Jesús aparece en medio y les dice: la paz con vosotros. Su presencia resucitada va acompañada siempre del anuncio de la paz. Aquellos discípulos estaban angustiados, asustados, temían correr la misma suerte del Maestro. Ante la prueba de la cruz, se dispersaron. El temor a la muerte venció en su corazón. Pero el Resucitado se compadeció de sus miedos. Les visita, con amor y paciencia, con la palabra y la experiencia, va abriendo su inteligencia hasta comprender que el crucificado ha resucitado. Le anuncia la paz que no quita los problemas, sino que infunde confianza desde dentro. Son muchas las cerrazones que paralizan, los juicios que condenan, los fracasos que aprisionan el corazón. Cuando guardamos silencio, entramos en los entresijos del corazón, invocamos su Nombre, entonces sentimos una Paz única, nos libera del miedo y susurra al corazón, con las palabras del Profeta: “No temas, que yo estoy contigo, eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo (Is 43,5.3). En esa confianza sentimos que Él cuenta con cada uno de nosotros para ser testigos de su amor.

Sin embargo, no terminamos de creer que esa paz viene de Dios. Los discípulos creían ver un fantasma. Siempre estamos expuestos al engaño, a las falsas apariencias, a esa doblez de palabras y acciones que contradicen las verdaderas razones del corazón. Es Jesús mismo en persona. Él les muestra sus manos y sus pies. Al tocar sus llagas, sienten que es Él. Sus heridas, canales abiertos de ternura, derraman su misericordia en las conchas de nuestros corazones, dañadas por nuestras miserias y pecados. Recogida su misericordia, empieza la novedad de la vida cristiana: derramarse hasta el extremo en las heridas de los prójimos, acariciando tiernamente su dolor, con la bendición de la acogida y del perdón.

Jesús les pidió de comer. Ellos le ofrecieron un pez asado. Tomó y comió. En la comida compartida, reconocieron al autor de la vida. Cada vez que aceptamos la invitación a su mesa, la Eucaristía, revivimos esa misma experiencia pascual. En ella, nuestra oración alcanza la plena comunión con Cristo presente en medio de la comunidad. Al celebrar la Eucaristía, comulgamos con el Resucitado y de Él recibimos vida y perdón.

En los domingos de Pascua, en muchas de nuestras presencias escolapias, muchos niños recibirán por primera vez la Eucaristía. Es un día único, inolvidable en sus vidas. En sus corazones, como cera caldeada por el fuego del Espíritu, Jesús imprimirá el sello indeleble de su gracia. En el recogimiento interior, cada uno aprenderá a entregarle su corazón con toda inocencia y cariño, porque como decía san José de Calasanz: “Nada has entregado a Cristo, si no le has entregado tu corazón.” Contemplando la bondad y felicidad de sus rostros, los educadores confirmamos las palabras del Maestro: “Si no os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los cielos” (Mat 18, 3)

 

Me dejo invadir por el silencio. Su presencia en mi corazón es fuente de Vida, la perla preciosa por la que vale la pena entregarlo todo. Me dejo acallar por dentro. Siento mis heridas, los golpes que he recibido en la vida; en unas ocasiones son quejas, en otras, tristeza, en otras, murmuración. Sé que en la muerte de Cristo mi muerte ha sido vencida. Si beso y adoro, sus heridas, Él me acoge con misericordia entrañable. Él me ofrece su Cuerpo, su comunidad. Le invoco:

 

Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús.

Jesús, Tú estás vivo…

Jesús, Tú estás vivo para siempre…

Jesús, Tú eres presencia viva…

Jesús, Tú eres ternura entrañable…

Jesús, Tú mi alimento…

Jesús, Tú mi Dios…

Jesús, Tú mi Pascua…

 

Estás aquí, Señor, puedo sentir tu presencia entre nosotros.

Jesús, Tú estás aquí.

Jesús, Tú estás aquí.