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San Faustino Míguez nació en 1831 en Xamirás (Ourense). Después de una infancia feliz junto a su familia, en la que se educó en una fe viva, sintió la llamada al sacerdocio, que encontró la mejor respuesta en la Vida Religiosa Escolapia. En 1850, ingresó en el Noviciado de las Escuelas Pías de San Fernando (Madrid). Una vez ordenado sacerdote, viajará a Cuba, de donde regresará para entregarse al ministerio escolapio en diversas casas, entre las que destacamos Celanova, Sanlúcar de Barrameda y Getafe, lugares emblemáticos para su madurez vocacional escolapia y para la Congregación de las religiosas Calasancias

En Sanlúcar, desde una humilde “escuela de amigas”, impulsó el nacimiento del Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora, al servicio de la educación de la niñez femenina abandonada.

El 8 de marzo de 1925, en la comunidad escolapia de Getafe, después de una fecunda vida escolapia, fue llamado a la casa del Padre.

El Espíritu Santo enriqueció la persona del P. Faustino con muchos dones y cualidades, que Él vivió siempre en la presencia de Dios. Él nos ofreció un testimonio de

  1. Escucha atenta de la voz de Dios en la propia conciencia:

Durante su vida, permaneció atento a las gentes, se sentía del pueblo y para el pueblo, pero también escrutaba en las motivaciones e intenciones que nace de la propia intimidad la voz de Dios que inspiraba decisiones y acciones. Con convicción firme, hizo de la autenticidad, bandera de su identidad escolapia:

A grandes males, remedios radicales (…) basta de paños mojados y de respetos humanos. O sea la Congregación como debe o no sea”.

 

  1. Amor vivo al sagrado Corazón de Jesús:

El Corazón de Jesús fue para San Faustino la escuela en la que aprendió la sabiduría de la intimidad con Dios, que dejó plasmada en su libro “Junio o el mes del sagrado Corazón”.

En el coloquio personal con Cristo, “de corazón a corazón”, San Faustino fue conociéndose a sí mismo, aceptando su propia verdad, acogiendo el amor personal de Jesús, y elaborando su propia respuesta en una ofrenda generosa de su propia vida.

“Solo vuestro corazón es el lugar donde puede hallar el alma su verdadero descanso, la mansión segura en que debe reposar el alma” (MSC278)

 

  1. Abandono confiado en la Providencia

Fiel a San José de Calasanz, que ante las circunstancias incomprensibles de la vida, exhorta diciendo: “dejemos obrar a Dios”, San Faustino, como queriendo enfatizar su confianza en el Padre, completaba la afirmación, añadiendo unas veces “que para mejor será”, y otras “que sabe lo que nos conviene”.

Durante su vida, este “dejar obrar a Dios”, se encarnó en una actitud de abandono filial en el Padre, en quien confía plenamente porque “nunca falla a los que con sinceridad le sirven” (Ep 491); en la voluntad de aceptar la voluntad de Dios, desde un corazón abierto a Dios que interviene en la vida de los hombres, incluso en las circunstancias adversas; en la humilde docilidad, sin resistencias a la acción de Dios que por medio de las inspiraciones del espíritu le fue conformando más plenamente a Cristo.

La oración tantas veces oculta y silenciosa, ante la Sagrada Eucaristía o desgranando las cuentas de su sencillo rosario a su Madre Santísima fue la fortaleza y energía de una vida entregada a Dios, a su ministerio escolapio y a la atención de las religiosas Calasancias para bien de las niñas desamparadas.

“El que todo lo hace por Dios, está en oración continua” (Ep 137)

Confiamos a la intercesión de la Divina Pastora la vida y actividad de todas las religiosas Calasancias, para que encuentren en Ella la inspiración de su ser y obrar:

“Tal fue la Madre, tales deben procurar ser sus Hijas” (BF 52) 

San Faustino Míguez, a tu intercesión confiamos nuestra Oración Continua.