Seleccionar página

“En el silencio y recogimiento de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión”, nos dice el Papa Francisco en su mensaje de Cuaresma.

En nuestro camino hacia a la Pascua, cada vez que escuchamos la palabra de Dios, y dejamos que vaya esponjando nuestro corazón, es como esa lluvia fina que desciende en nuestra tierra árida y suscita una esperanza viva en medio de nuestras dificultades y adversidades.

Cuando Jesús, el Niño Santo e Hijo del Altísimo entró en el templo en los brazos de María y José, para ser presentado al Señor, su LUZ se hizo visible para aquellas personas que, guiadas por el Espíritu Santo, esperaban la Redención de Israel.

También nosotros, guiados por el Espíritu, esperamos ver y acoger a Jesús, nuestra LUZ. En silencio, nuestra atención se centra en el ritmo de nuestra respiración y va olvidando tareas, personas, responsabilidades. Jesús ha pensado en este encuentro. Viene a hablarnos, a dejar en nuestro interior las huellas de su presencia. Él es nuestro guía, nuestra paz. Le invocamos:

Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús…

Envíanos tu Espíritu… Envíanos tu LUZ

Sé mi Verdad, mi Vida, mi ESPERANZA.

CANTO: Señor Jesús tú eres mi luz

En muchas ocasiones, Jesús volvió al templo de Jerusalén. Aquella imagen de los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, de los cambistas con sus monedas, le golpeaba y hería su corazón. Como bien le dijo a su madre, cuando se quedó en el Templo dialogando con los maestros de la Ley, aquella era la casa de su Padre, no un mercado donde comprar y vender. Jesús, dejándose llevar del celo y los sentimientos propios del Hijo, cogió unas cuerdas y, como si fuera un látigo, expulsó a aquellos vendedores. Ellos no amaban a Dios, adormecían las conciencias de las gentes, en unas ofrendas vacías de afecto.

Cada uno de nosotros, buscamos a Dios. Sabemos que sólo el amor es la llave de entrada en su presencia. Pero fácilmente nos engañamos y equivocamos. Aquellos judíos creyeron que a Dios se le conquista ofreciendo sacrificios, y a veces nosotros pensamos que podemos “comprar” a Dios con nuestros méritos y esfuerzos.

Sin embargo, cuando llevamos a los niños a nuestra capilla o iglesia, y vemos su docilidad para el silencio y la escucha, para permanecer allí junto a Él, dejándose mirar por sus ojos misericordiosos y acogiendo su presencia, en ese momento comprendemos que orar es abrir nuestro corazón a Dios y dejar que Él nos llene de su confianza y esperanza. Entonces, nace del corazón del niño la mejor alabanza: la bendición y el canto agradecido al Padre compasivo y misericordioso.

“Es fundamental recogerse en oración y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura”, nos dice el Papa en su mensaje.

Encontrar en la intimidad al Padre de la ternura es incorporar al nuevo templo de Dios, el cuerpo de Cristo, y saciar nuestra sed en el agua viva que mana de su corazón; es comer el Pan de la Vida que alimenta nuestra sed de plenitud y vida eterna; es permanecer en el cuerpo vivo y resucitado de Jesús que en su camino de cruz nos llama a la amistad con Él y a entregar nuestra vida por nuestros hermanos; es acoger la LUZ del Espíritu que guía, inspira y acompaña nuestras decisiones en tantas encrucijadas de la vida, que sacan lo mejor de nosotros mismos.

En 1632, San José de Calasanz escribió: “Me agrada su sentir sobre la oración, de la que todos los santos dicen cosas muy hermosas y bienaventurado quien de verdad sabe orar y para conseguir de nuestro Juez con la oración eficaz la remisión de los pecados y la abundancia de gracias”. (EP 1755).

Bienaventurado quien de verdad sabe orar… ¡Qué hermosa nos resulta esta bienaventuranza en la pluma de Calasanz! Quien escucha a Dios y se deja llevar por su Espíritu, va comprendiendo cada vez con mayor clarividencia, que sólo cuando la gracia nos llena el corazón, se ora en espíritu y verdad, nos convertimos en morada de Dios por el Espíritu, y en Jesucristo, por Él y con Él, elevamos nuestra humilde alabanza al Padre compasivo y misericordioso.

Ahora nos recogemos en actitud contemplativa.

Jesús guía e inspira mi oración. Él, con el látigo tierno del Espíritu Santo, quiere purificar el corazón de mis autoengaños egocéntricos en la relación con Dios, para que seamos auténticos adoradores en espíritu y verdad. En esta oración, Él me atrae y me lleva con Él. Mi corazón desea recibir la Palabra, en silencio y recogimiento. Dejar que mis sentimientos más auténticos se explayen en oración. Ser morada, templo de Dios y ofrecer mi humilde y sincera oblación de amor y abandono.

Atiendo mi respiración.

Le llamo pronunciando su nombre: Jesús, Jesús, Jesús…

 

Jesús, creo en ti

Jesús, creo que existes desde siempre

Jesús, vienes a mi casa…

Jesús, tú visitas mi corazón…

 

Espíritu, ven a orar en mí…

Padre, te amo en espíritu y verdad…

Te adoro en espíritu y verdad…

Me ofrezco por entero a tu grande e infinita bondad

Quiero dedicar mi vida entera en tu servicio

Quiero darme por entero a mis hermanos.

 

Y dejamos que el canto ore en nosotros:

 

Dichoso quien sabe orar.