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Es la gran noticia que en estos días recorre el mundo entero. Si miramos la naturaleza, vemos cómo la lluvia y el sol fecundan las semillas, las flores y los frutos que engalanan la belleza de todo lo creado. Si miramos las personas que nos rodean, se abren caminos de esperanza, en tantos corazones desgarrados por la decepción y el desánimo; y de luz entre tantas oscuridades que atenazan el alma; de presencia entre tantas soledades abatidas y desalentadas; Si miramos nuestras comunidades escolapias, nuestros colegios y presencias, nuestros niños y jóvenes, renace el horizonte de una revitalización que inspira, guía y acompaña la nueva vida que nos trae el Resucitado.

Jesús nos dice en su Evangelio: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús entró, en medio de ellos, y les dijo: “La PAZ con vosotros”.

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de ALEGRÍA al ver al Señor”. (Juan 20, 19-20)

En estos días de Pascua, Jesús Resucitado viene también a visitarnos, nos ofrece un encuentro amistoso y orante con Él, sea individual, en familia o en grupo o comunidad. Él nos conoce, sabe de nuestras vidas, nuestras alegrías e ilusiones, pero también de nuestros temores que nos cierran en la tristeza, la inquietud y la confusión. Sin embargo, Él siempre nos mira con sus ojos compasivos, nos espera pacientemente, sale a nuestro encuentro. Le alegra mucho contemplarnos y escucharnos.

Por eso, Él toma la iniciativa y se presenta en medio de mi corazón, de nuestra familia o comunidad. Con su habitual discreción y cautela, llega en silencio, con sencillez nos anuncia: La PAZ con vosotros.

Aún más, nos enseña sus manos y su costado herido. Es Jesús, no cabe duda. Como aquellos discípulos, nos sentimos sorprendidos y sobrecogidos ante su presencia cercana y amorosa, nos alegramos mucho al sentirle en nosotros.

Ahora, podemos mirar el dibujo que encabeza esta entrada. Fijar nuestros ojos en Jesús Resucitado, en sus manos heridas, en su corazón traspasado, en su compasión sin medida. Aún más, dejamos que su PAZ y su ALEGRÍA vayan llenando mi / nuestro corazón. Así, cierro mis ojos, me imagino ante Jesús Resucitado, le llamo e invoco una y otra vez: Jesús Resucitado lléname de tu paz; Jesús Resucitado, concédeme tu ALEGRÍA… Con toda simplicidad, me confío a Él.

Como aquellos discípulos que unieron sus brazos en expresión de fraternidad, acojo los sentimientos de paz y alegría que me surgen hacia las personas que tengo cerca: mis papás, mis hermanos, mis amigos, mis compañeros… Si me dejo llevar por el impulso de la oración, puedo rogar e interceder a Jesús, el Hijo de Dios vivo, por mi familia, mi colegio, nuestra Orden, nuestra Iglesia, o la comunidad humana para que a todos nos colme de su paz y alegría. Pedirlo, con importunidad, al estilo de san José de Calasanz, con la confianza de que la paz y alegría moldeará nuestros corazones a imagen del corazón herido y compasivo de Jesús.

Para concluir, prolongamos nuestro encuentro con el Resucitado, dejando que el anuncio de la Resurrección ore en nosotros.